22.6.11

La lectora III - Leyendo a Oliverio

Como si jugara al Literati, pero sin tener que ir a buscar ningún libro, el azar le llevó a la lectora las palabras clave que estaba necesitando, que esperaba leer:
"Se me hizo evidente que yo era un incompetente de la seducción... A la vez, si alguien de nosotros podía volverse competente en esa materia prehistórica y gutural, el indicado era yo... Quizás fuera un hombre destinado a los enseres sensuales y no hubiera tenido oportunidad de saberlo y cebarme en el oficio. Traté de atajar el pensamiento y me convencí de que una victoria de cualquier índole sería gradual. El atropello, la insumisión, la impaciencia, actuarían como potencias contraproducentes que dejarían campo libre a mis dos colegas todavía dormidos."
Cerró Los invertebrables un momento y meditó: ¿ella no sería como ese personaje tullido, cuyas experiencias acerca de la vida se restringían a lo que la Enciclopedia le informaba? Probablemente. Y más probablemente fuera como ese personaje que, además de tullido, creía que podía reemplazar todas sus carencias con su capacidad para dominar las palabras.
Dos cosas tenía claras: no debía apresurarse, porque la concreción de sus deseos dependía del trabajo lento y riguroso, y cualquier paso en falso le daría el lugar a esa/s otra/s que acechaban; la confianza en el éxito era consustancial a éste.
Dos cosas le preocupaban: ¿sus "colegas" estarían dormidas o, por el contrario, más despiertas que nunca? y ¿cómo hacer, en tal caso, para anularlas?

21.6.11

La lectora II

Ya que él ni siquiera sabía que existía su lectora, esa que lo admiraba y casi lo idolatraba, ella decidió que debía hacer algo para cambiar esta situación. "Tomar la iniciativa", le había dicho su analista. No estaba muy segura, pero comenzó a diseñar estrategias que no fueran invasivas: llamarlo por teléfono y cortar indiscriminadamente le pareció que lindaba con lo psicópata. "Encontrarse por casualidad a la salida del trabajo" lo desestimó por elemental: las heroínas de su escritor eran osadas y creativas a la hora de la seducción, así que siguió pensando.
Pensaba, pero no podía demorarse: el tiempo era fundamental. Cada día que ella dilataba sus decisiones, más lejos estaba de alcanzarlo. Sabía que mientra ella se mantenía en el anonimato, él estaba cada vez más cerca de otra, de otras, que tenían nombres que sonaban con fuerza, a los gritos y jadeos.

7.6.11

La lectora I

Había leído todos sus libros. Cada cuento, cada entrevista, cada anécdota y, en particular, cada ensayo. Buscaba en sus textos un mensaje encriptado, una cifra de lo que ella quería leer.
Trató de encontrar su nombre en la primera letra de cada oración en cada nueva obra que él publicaba; intentaba formar anagramas en los que le declarara su amor por ella. A veces se sentía menos pretenciosa y se descubría aludida al ver nombrado en los escritos su color preferido. Otras veces se encontraba pesimista y pensaba que ella no era parte de su mundo, y se retiraba al desconsuelo.
Necesitaba una señal clara, una nota de puño y letra que, si no era mucho pedir, estuviera sellada con sangre. Una invitación formal al Italpark o al cinematógrafo o a cualquier otro lugar de esos que él nombraba en sus historias.

17.11.10

No, no estoy celosa. Para nada. Que me dejaras plantada una hora, hora y media en ese café berreta no me importó, te lo aseguro. El golpe a mi orgullo, cuando todo el mundo me miraba como diciendo ‘pobrecita, la plantaron’, no es la razón principal por la que te estoy haciendo esto. Que te viera de la mano por diagonal 80 con esa negrita lo soporté también. Se nota que es tu estilo, así, bien grasa. Ella, el café, diagonal 80. Lo que me hiciste no me importa. Está claro que soy demasiado para vos.
* * *
- Hola
- Hola K, qué hacés
- ... nada, estaba sola en casa y pensé en llamarte para que vinieras a cenar.
- Uhmmm. Creo que tenía partido con los chicos, pero me fijo, porque no era seguro.
- Sí, fijate. Mirá que tengo una botella de vino por acá
- ...
* * *
No, no lo planeé. Se dio todo naturalmente. Sabía que ibas a venir. Sabía que después de unas copas de vino iba a ser fácil acercarme a vos, desabrocharte un botón de la camisa, y otro, y el resto. Sabía que no ibas a poder pensar en nadie más cuando mi boca cortara tu respiración. No niego que disfruté jugar el papel de vampiresa colgándome de tu cuello. Y mis manos también son más rápidas que tu pensamiento, así que cuando bajé el cierre de tu pantalón, realmente había sacado mucha ventaja, pero te aseguro que todo fue natural, te lo repito, nunca planeé esta noche, ni la música, ni la luz, ni la comida, ni el alcohol. Fue una eventualidad también que hubiera mantenido cerca la cuchilla que me sirvió para cortar unas porciones de queso y que la hubiese usado justo en ese momento en que más hombre te sentías.
Fue una eventualidad, ya lo dije, pero tampoco es tan preocupante. De cualquier forma, no se perdió mucho. Si incluso mi gata no tuvo más que una comida.

8.11.10

La salita oscura

Juanito no se quería soltar de la mano de su mamá, aunque en ese momento, a decir verdad, había superado sus complejos edípicos: el pintor que le habían puesto era sumamente caluroso y además el color era bastante feo. Y esa bolsa que le habían colgado de la manita no podía ser más ridícula. ¿Cuántos años se pensaba su madre que él tenía? ¿tres? Eso de ir al jardín de infantes era para nenes tontos, no para él.
Lo recibió una mujer gorda y platinada. Juanito creía que no podía sentir más miedo, hasta que vio flores enormes de goma eva, inmensos autos de juguete, muñecas gigantescas de papel crepe, números inconmensurables de colores que nunca había visto.
Juanito se asustó mucho, necesitaba urgentemente su mamadera. Quería una mamadera tan grande como la casa de muñecas que estaba en la esquina del salón. Juanito empezó a llorar. Lloró, lloró, lloró. Lloró y sus lágrimas comenzaron a llenar su anhelada mamadera. El líquido lechoso comenzó a subir y llegó hasta la tetina; siguió subiendo y una lluvia blanca regó sus pies. Juanito los miró. La espuma de las olas iba avanzando y retrocediendo lentamente. El agua llegaba hasta sus rodillas, estaba fría y le hacía cosquillas. Juanito miró hacia el horizonte y dejó que la brisa marina le acariciara las pestañas y las cejas. Luego comenzó a mover sus piecitos en círculos y descubrió con ellos un caracol perlado. Lo sacó de la arena y lo acercó a su oreja. Todo el mar estaba encerrado ahí; un universo transportable, se dijo Juanito.
La sensación de ahogo se le había pasado. Allí estaba Juanito, sosteniendo con una mano su hogar y con la otra mano su mundo.